Hace unos días, Tenesor (que sigue con fidelidad este blog, a pesar de su absurdo ritmo de actualizaciones) me pasaba un fragmento de un correo electrónico que había recibido:
“El motivo de la presente es para ofrecerle mis servicios como traductora (inglés, alemán > español). He cursado hasta 5º de inglés en la Escuela Oficial de Idiomas y realizado un curso de Inglés para los Negocios de la Generalitat de Catalunya. Dicha titulación me ha permitido trabajar como traductora para diversas empresas (de Energía Eólica, Despacho de Abogados, Consultoría, Inmobiliaria, de Ascensores y Escaleras Mecánicas, etc.)
En la actualidad curso 3º de Alemán en la Escuela Oficial de Idiomas de Granada e imparto clases de Inglés y Alemán.”
Tenesor me pedía que hablase sobre el intrusismo en nuestra profesión. Y lo voy a hacer, aunque quizá no en la forma en que él esperaba. De hecho, lo más probable es que lo que voy a contar hoy no os guste a muchos de vosotros, así que os aviso ya, antes de que sigáis leyendo: hoy es un maravilloso sábado soleado. Salid a pasear antes de dejadme el buzón de comentarios lleno de amenazas de muerte.
Comencemos por el intrusismo profesional. En primer lugar, intrusismo es una de esas palabras que odiamos solo cuando la sufrimos. Por ejemplo, si la chica de este correo nos dice que es traductora, nos llevamos las manos a la cabeza. Si un licenciado en filología se llama a sí mismo traductor, pedimos al Gran Spaghetti Volador que fulmine a ese hereje con su apéndice tallarinesco. Sin embargo, cuando los licenciados en TeI decidimos dedicarnos a otras profesiones, la cosa cambia. Ya sabéis que nuestra carrera nos ofrece muchas posibilidades, como la docencia, el comercio exterior, la maquetación y edición de textos, la carrera diplomática, etc. Campos profesionales en los que otros profesionales pueden considerarnos personal ajeno. Por ejemplo, la corrección de textos en español es un campo que “pertenece”, en principio, a los filólogos de hispánica. Sin embargo, muchos de mis compañeros corrigen textos. La maquetación de documentos es un campo a medio camino entre filología y artes gráficas. Sin embargo, muchos traductores maquetan manuales de lavadoras. Y diseñan páginas Web. Y muchas otras tareas que no pertenecerían al ámbito de nuestra licenciatura, aunque la realidad laboral se empeñe en demostrar lo contrario.
El problema, por tanto, no pasa por el concepto de intrusismo. Una idea algo desfasada, muy del s. XX y que no tiene cabida en nuestra sociedad global actual, donde lo normal es desempeñar varios trabajos a lo largo de la vida laboral, reciclarse varias veces y trabajar de forma proactiva. No, los enemigos de la traducción no son ni los malvados filólogos ingleses que intentan robarnos el pan ni los afortunados bilingües que hacen traducciones de vez en cuando para redondear su sueldo. Quien realmente amenaza a nuestro trabajo son dos factores: el estatus y el mercado.
Si preguntas a 100 personas sobre qué hace un licenciado en TeI, probablemente un tercio de los encuestados responderá que son esas personas glamourosas que trabajan en la ONU y en la Unión Europea, otro tercio diría que son los secretarios con inglés que hay en muchas empresas y que igual te resuelven un roto que un descosido. El último tercio, quizá el más cachondo, respondería que es esa panda de gente de mal vivir que se dedica al teatro.
La triste realidad es que, fuera de nuestro círculo, la mayoría de las personas no sabe qué hace un traductor. E incluso si tienen cierta idea sobre nuestro trabajo, se centra en conceptos tan peregrinos como los del párrafo anterior o en la idea borrosa de que somos personas que “hablamos ideas”. Obviamente, eso también incluye a muchas empresas, algunas de las cuales, cuando requiere servicios lingüísticos, no sabe a quien llamar. Y por ese motivo, termina pidiendo al hijo de la del 3º, que sabe inglés porque estuvo un verano en Irlanda, que le traduzca la página Web o ese catálogo de baldosines que quiere enseñar a unos clientes americanos.
El segundo de nuestros enemigos es el mercado. Aunque la economía global ha permitido que nuestra cartera de clientes se expanda hasta incluir a cualquier cliente con acceso a Internet, también es cierto que ha incrementado la oferta de traductores disponibles. Quizá las necesidades de traducción crezcan a un ritmo acelerado cada año, como insisten en afirmar los gurús de la industria. Sin embargo, la tendencia en lo que concierne a tarifas pasa por el estancamiento o incluso la reducción de precios. Parece que cada vez es más difícil obtener buenas tarifas por nuestro trabajo. Y no hablo de pedir precios más altos, sino de conseguir lo que, hasta el momento, se consideraba como una tarifa óptima.
Hay muchos profesionales que afirman que la solución a ambos problemas (una imagen difusa y una posición débil para negociar tarifas) es la creación de un colegio profesional. Personalmente (y aquí va a comenzar la lluvia de piedras) no estoy de acuerdo. Puede que un colegio pueda ser una forma adecuada de defender nuestra imagen, a través de actividades, jornadas o actos reivindicativos. Sin embargo, en lo que concierne a las tarifas, la cosa no es tan sencilla. El Colegio de Traductores de España podría decidir una tarifa mínima de 0,08 € por palabra. Pero a la hora de la verdad, a menos que se exija la colegiación obligatoria de los traductores, no serviría de nada. La ley permite la libre fijación de precios a las empresas, siempre y cuando respeten las leyes sobre competencia. Asimismo, la tendencia actual en Europa es la desaparición de los colegios profesionales y de las profesiones reguladas. Incluso aunque esta circunstancia no se diese, no creo que el colegio profesional fuera una solución mágica. Puede que dentro de España las empresas tuvieran que pagar 0,08 € por palabra. Sin embargo, estas dejarían de hacerlo en el momento que descubriesen que, fuera de nuestras fronteras, hay una enorme oferta de traductores de calidad, que estarían dispuestos a trabajar por una tarifa menor. Y puesto que la creación del Colegio Mundial de Traductores e Intérpretes no está a la vuelta de la esquina, no veo en el colegio unos beneficios que no puedan conseguirse con otras alternativas menos agresivas y más factibles.
La mejor posibilidad para afrontar estos retos es fomentar el asociacionismo en nuestra profesión. Existen muchas organizaciones que agrupan a traductores profesionales, como por ejemplo ASETRAD, APETI, ACETT o TREMÉDICA (por citar algunas de ellas). Estas organizaciones luchan por mejorar el reconocimiento de nuestro trabajo, al mismo tiempo que defienden estándares de trabajo dignos, sobre todo, en lo que concierne a tarifas de trabajo. En este sentido, podemos optar entre pasarnos el día en casa quejándonos de lo mala que está la cosa, que las tarifas bajan cada día más y que todo el mundo piensa que somos actores de teatro o algo parecido. También podemos unirnos a una asociación y contribuir con nuestra cuota a que tenga mayor poder de actuación para mejorar nuestra situación. Es un dilema similar al del trabajador que se queja de su mala situación laboral pero que no se afilia a un sindicato.
Sin embargo, incluso aunque todas las asociaciones de traductores del mundo se uniesen y formasen la Federación Mundial de Traductores, seguiríamos enfrentándonos a un problema muy complejo. La bajada de las tarifas (o al menos, la no subida de estas), no se debe, quizá, tanto a la ambición de las empresas como a nuestra débil posición como empresarios. Cada vez que alguien acepta una tarifa de 0,04 € por palabra, muere un gatito (y ya de paso, se hunde un poco más el mercado). En ese sentido, deberíamos ser conscientes de que debemos defender unas posiciones básicas de partida. Hay límites que no deben traspasarse (reventar el mercado, incurrir en prácticas deshonestas, hablar mal de compañeros, etc.). Obviamente, la realidad personal de cada uno de nosotros es otra historia. Y dile a alguien que tiene que pagar la hipoteca que, entre aceptar 0,04 € y no ganar un duro, elija la segunda opción.
Al llegar al final de esta larga parrafada, más de uno podrá caer en el desaliento. Sin embargo, siempre digo que, sin algo de optimismo, no se llega a ninguna parte. Aunque nuestra profesión afronte retos que parezcan insalvables, no olvidemos que cada trabajo tiene lo suyo y que la clave pasa por una adaptación continua y una actitud dinámica. Quizá las tarifas tiendan a bajar. Pero también está presente el hecho de que el volumen del mercado de traducciones es cada vez mayor y el personal cualificado para ello no se incrementa de forma proporcional. Una actitud responsable por parte de cada uno de nosotros, apoyando a las asociaciones existentes y respetando una ética laboral básica que evite reventar el mercado es, quizá, la mejor estrategia para que esta siga siendo una profesión apasionante y… quien sabe… incluso llegue a ser tan respetada como la de médico o ingeniero
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